Tomaté un café.


Se desliza una lágrima por mi mejilla,

lentamente cae en el café, frío,

observo como se funde y sonrío,

como un niño juego con la cucharilla.


Doy un sorbo pensativo.

¿Pensativo yo? ¿Pensativo el sorbo?

¿Omito la coma adrede o por tonto?

No lo sé, explícame el motivo.


Trago café con regusto a saliva,

sin tener sed, ni pizca de hambre,

ahora sí, siento el edulcorante,

de ese cálido beso en la esquina.


Mejor yo bebo agua, y tú café,

así pierdo el miedo a beberté.




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